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Como primer post presento uno de mis cuentos en español. El dibujo del minino es de Nelson Castañeda Para leer más cuentos del autor ir a: Orión - ezine de divulgación literaria Las personas que deseen pueden hacer un comentario.
HOLA MICIFUZ
por
Rolando Sifuentes
-¡Trescientos veinte soles! Qué desgracia, qué desgracia -balbuceó el anciano de ojos vidriosos y aspecto grave que hacÃa su cola junto a los demás clientes de la "Electric Company". El viejo hablaba como si estuviera pensando en voz alta sin dirigirse a ninguna de las personas que estaban delante y tras él. Esas personas lo escuchaban pero se hacÃan los desentendidos, a ninguno le importaba los lamentos del anciano que miraba a uno y otro, como tratando de hallar respuestas sin encontrar eco.
Algunos de los que estaban en otras colas, lo miraron de reojo con cierta consideración, pero más estaban inmersos en sus propios problemas y no
les interesaba los asuntos ajenos.
El anciano era el séptimo de la fila. HabÃa avanzado tres puestos desde que llegó con sus recibos en mano. Estaba detrás de una joven muy
atractiva, de buzo azul, cabellera negra y corta que le daba un aspecto de mujer moderna.
Las palabras quejumbrosas del viejo la conmovieron. Ella giró hacia él y lo miró con simpatÃa. Bastó esa mirada para que el viejo se diera cuenta que ella pertenecÃa a la clase de personas con las cuales se podÃa trabar amistad. El le sonrió nerviosamente, y ella le devolvió la sonrisa afablemente dándole a entender que lo comprendÃa, luego, sin decir palabra, se volvió para seguir avanzando en la cola.
El viejo quedó satisfecho, sabÃa que siempre habÃa alguien que se preocupaba por los viejos. ValÃa la pena conversar con ella. Siendo un hombre solitario, su único pasatiempo, aparte de ver la televisión y conversar con su gato, era trabar amistad con gente de su simpatÃa a quienes aún podÃa encontrar en la Plaza Manco Cápac, sentados en una banca, o en la oficina del Jockey club, donde solÃa apostar cuando le sobraba algo de platita: un boleto a ganador o una dupleta y luego en casa escuchaba las carreras por radio y se emocionaba. Si ganaba bien sino siempre jugaba.
Pero eso era antes, ahora las cosas habÃan cambiado, la oficina del Jockey Club habÃa cerrado, su mujer murió quedando solo pues sus dos hijos habÃan emigrado al extranjero huyendo de la pobreza. Todo empeoró para él, su pensión que recibÃa mensualmente, cada dÃa le alcanzaba menos, y para remate los viejos amigos habÃan ido desapareciendo uno a uno. Ahora solo tenÃa "conocidos", como la señora de la tienda en una de las esquinas de su casa, ella lo llamaba vecinito y las vendedoras del mercado le decÃan caserito.
Si no fuera por su gato Micifuz que lo acompañaba, estarÃa completamente solo en este mundo, es por eso que tenÃa la manÃa de hablar a gente desconocida cada vez que tenÃa oportunidad. Aunque ahora no trataba de trabar una conversación propiamente pues estaba muy amargado, pero sÃ, tenÃa la necesidad de conversar, ejercitar la lengua para no perder la costumbre, pues una vez que llegaba a casa, tenÃa que permanecer con la
boca cerrada mucho rato. A veces hablaba con algún personaje que aparecÃa en el aparato de TV, ya sea para criticarlo o para alabarlo por su mala o buena actuación. Pero el aparato de TV era muy frÃo, su gente era electrónica y nunca respondÃan.
Un poco más cálido era Micifuz quien, al menos, daba algún tipo de respuesta, ya sea un cálido o enérgico "miau" a la hora del desayuno y almuerzo, o una de sus frÃas y tristes miradas al sospechar que no habrÃa comida decente ese dÃa, y uno que otro arañazo que recibÃa de él por dejarlo de hambre, pero al menos eran respuestas, buenas o malas, pero eso lo hacÃa sentir que no estaba tan solo. "La soledad mata",decÃa.
El anciano animoso, y sabedor que mujeres y gatos se parecen, le tocó en el hombro a la chica del buzo azul y sonrisa afable.
-¿No sabe si hay alguna facilidad especial para jubilados? -le preguntó.
-No lo creo -contestó ella muy segura-. Aquà no se perdona a nadie. Si no paga, le cortan "al toque".
-Es que debo más de lo que cobro en un mes. Un vecino me estuvo robando luz y ahora tengo que pagar un montón de plata.
-Que pena señor. Hay gente muy malvada, reclame nomás.
-¡Ah! señorita, me canso de reclamar. Soy viudo y mis hijos viven en el extranjero. Desde hace seis meses no recibo comunicación.
-Bueno, intente explicar al empleado, pueda que consideren su caso y le hagan alguna rebaja.
Hablaron un rato más sobre el asunto hasta que a ella le tocó turno. Ella pagó y al retirarse dirigió su vista hacia el viejo e intercambiaron
sonrisas. Luego el viejo se acercó a la ventanilla y el empleado lo saludó mecánicamente.
-Buenos dÃas señor.
Pero el anciano estaba tan nervioso que su sordera aumentó, no pudo escuchar bien el saludo y extendió los documentos al joven y dijo con tono suplicante:
-Me ha llegado ésta carta, pero no estoy de acuerdo. Por favor, vea si pueden hacer alguna rebaja.
El empleado examinó los papeles, luego pulsó las teclas de la computadora y como por arte de magia apareció en la pantalla columnas de letras y
números. Don Gaspar no pudo leer lo de la computadora a pesar que aguzó la vista para hacerlo, pero no estaban a su distancia.
-Son trescientos veinte soles -dijo el empleado sin dejar de mirar la pantalla, golpeó dos veces una tecla y agregó:
-Lo dividimos en tres partes y nos da para que pague ciento ocho soles con treinta centavos por mes ¿Va a pagar?
-Jovencito, soy jubilado. Apenas cobro doscientos veinte soles y no tengo otros ingresos. Antes mis hijos me mandaban algo de Paterson, pero ahora ellos están en problemas. Sólo dependo de mi mensualidad.
-Usted ya ha hecho el reclamo, se hizo la investigación y salió esta opción. Si gusta, puede pedir una reconsideración, pero antes tiene que
pagar porque estamos en último dÃa.
-Está bien, está bien -respondió amargamente el viejo-. Si no se puede, no se puede. Dejaré de comer para pagar. No quiero pasar las noches en
tinieblas, eso es peor que el hambre.
Con manos temblorosas don Gaspar extrajo varios billetes de su casaca y pagó los ciento ocho con treinta centavos, luego salió de la oficina
apresuradamente y emprendió el camino de regreso. Entró por la última cuadra de la avenida Manco Cápac, avanzando con sus pasitos cortos y rápidos, tranquilo y sin mirar a los costados ni farfullar por haberse quedado sin plata. Al menos tendrÃa luz para alumbrar sus noches solitarias.
Cuando llegó a la Plaza Manco Cápac, ya eran las doce del dÃa. Por la mañana, al salir de casa temprano, su primera idea habÃa sido almorzar en el Restaurante Popular que estaba a solo media cuadra de donde estaba parado, pero luego de pensarlo un instante, y considerando que aún era
temprano, cambió de parecer y decidió, más bien, prepararse él mismo un guisito con las vainitas y la carne que tenÃa en el refrigerador, cosa que no le demorarÃa más de una hora. Dobló por BolÃvar hacia la derecha y al llegar a la esquina con Huascarán, se detuvo para observar desde allà su puerta de verde desvanecido. La contempló por un instante, como recapturando imágenes pasadas de su vida a través de más de 50 años de vivir allÃ.
Esa parada en la esquina también le sirvió para darse un respiro, luego reemprendió la marcha, pero con paso lento, como no queriendo llegar.
Recién empezó a sentir un poco de cansancio, y un ligero dolor en la cintura; pero no se preocupó por ello pues ya conocÃa ese dolorcito, sabÃa que en un rato más, desaparecerÃa con un poco de descanso. A éste malestar, le sobrevino una opresiva tristeza y eso sà lo preocupó. Se detuvo nuevamente frente a su puerta sin intentar entrar por el momento.
A pocos metros de él, varios muchachos de la cuadra, estaban pateando una pelota hacia un arco marcado en la pared. El los miró detenidamente, le
traÃan recuerdos de sus dos hijos que solÃan hacer lo mismo y en la misma pared cuando eran adolescentes. Después alargó la vista hacia la
esquina, para mirar a un señor desconocido quien, con un maletÃn en su mano derecha, caminaba acercándose. Repentinamente Don Gaspar imaginó que tras de él también venÃa su esposa, Eulalia, llegando del mercado, inclinada hacia el lado derecho por el peso de una bolsa llena de
comestibles que traÃa. Eran vivencias que habÃan quedado guardadas en su mente que aparecÃan y desaparecÃan como flashes y a él le gustaban esos
flashes. El hombre del maletÃn pasó por su lado indiferente, y don Gaspar cerró sus ojos para apartar todas aquellas reminiscencias.
A veces hasta pensaba que dentro de la casa estaban todos ellos, su mujer y sus dos hijos esperándolo. ¡Pero no! Eso no podÃa ser, lo sabÃa. Era consciente del mal que podrÃa causarse a sà mismo si reiteraba aquellas evocaciones. LlegarÃa el momento en que empezarÃa a confundir la
fantasÃa con la realidad, entonces nadie querrÃa dirigirle la palabra y lo tildarÃan de "viejo loco". Lo sabÃa.
En ese momento uno de los chicos que jugaban, corrió hacia él y le gritó con voz chillona:
-"Don Gaspa". Vino el cartero y le dejó una carta bajo su puerta.
-¡Ah! gracias hijo -dijo don Gaspar, despertando abruptamente de sus borrosas imágenes y volviendo a la realidad. El corazón le golpeteó con fuerza y se avivó.
Abrió la puerta con rapidez y allÃ, a sus pies, estaba la carta. Las manos volvieron a temblarle como cuando estuvo pagando hacÃa un rato al
momento de recogerla, se puso sus anteojos y leyó el sobre: su nombre Gaspar AnamarÃa estaba escrito con la clara caligrafÃa de su hijo mayor, Ernesto.
Apretó el sobre contra su pecho y empezó a reÃr, fue una risa espasmódica que luego se convirtió en sollozos y sus ojos se humedecieron de lágrimas.
Buscó con la mirada a su gato que estaba agazapado en el sillón que por esos dÃas era su favorito. El gato muy sensitivo habÃa alzado la cabeza fijando en él su mirada soñolienta, como auscultándolo para ver con que ánimo habÃa llegado.
Don Gaspar le sonrió y blandiendo la carta al aire para que la viera bien, exclamó jubiloso:
-Alégrate Micifuz ¡No estamos solos carajo! FIN
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